Me fue inevitable recordar el día en que murió Viking Valdés. Estaba yo en la redacción de El Mercurio, entrevistando algún emblemático de la prensa para mi tesis, cuando de pronto se escuchó detrás de un tabique un consternado: “murió Viking Valdés”, seguido de incesantes carreritas por los pasillos… Es que había muerto un cantante “destacado”.Supongo que esta vez la redacción de El mercurio, como la de tantos otros medios (en todo el mundo, de hecho) se habrá venido abajo. Porque con todo el respeto que me merece don Viking, el que se iba esta vez no era si no el mismísimo rey de reyes.
Habíamos perdido una parte demasiado importante de la historia de la música.Y las anécdotas se suceden. Porque todos fuimos cruzados, de un modo u otro, por el más chiquitín de los Cinco Jackson. Mi hermano mayor, por ejemplo, sufría y se lamentaba en su niñez por no haber nacido negro (que cosas, ¿no?) Todo, por la admiración al negrito ese que años más tarde terminaría más blanco que mi panza en septiembre-octubre de un año lluvioso y frío.
Jamás podré olvidar la vergüenza que me recorría cuando, por descuido, envolvía mis pies en blancos calcetines que -combinados con pantalón y zapato oscuro- le hacían ver a uno de los más “Michael”… Y yo, humillado, trataba de caminar de modo tal que no se notara el impasse en el vestuario (gesto técnico que, a todo esto, resulta altamente patético).Toda una ironía, considerando que lo que más quise esta mañana fue haber tenido a mano calcetines blancos para repetir esa tenida, a modo de humilde, pero sentido, homenaje (¿y sabe usted donde debe estar el último par que tuve en mi vida?... en casa de mi madre, convertido, muy probablemente, en una especie de trapo para esparcir cera)
Y se fue no más… Como tituló acertadamente LUN: el pop murió sin despedirse.Lo único que agradezco de esta partida (porque nunca me ha parecido muy sano agradecer una muerte… aunque alguna de cierto dictador me tuvo al borde de hacerlo) es que fui testigo de uno de esos momentos que hacen más grande aún a la música.
Porque la vida no me permitió despedir a Elvis. Porque tenía yo 10 meses cuando a un idiota se le ocurrió arrebatarnos a Lennon. Y porque después de vivir la partida de Viking Valdés, claramente me faltaba ésta para cerrar el círculo.
Y como alguien escribió en su facebook: A rey muerto, rey puesto, “¡Que pase Justin Timberlake!”.
(Un homenaje a un grande… Enhorabuena donde estés, Michael. Y en la otra vida trata de pescarte niñitas, más que sea. Porque de la edad no me voy a pronunciar, pero eso de que te gustaran con pilín es lo que siempre me preocupó)… Anyway.
Adiós, rey del pop.









Me queda señalar que el concierto de verdad estuvo increíble. Que todos los presentes quedamos más que pagados (y qué decir de mí, si ni siquiera tuve que comprar la entrada) y que el encuentro casual con Cahuitil puso el broche de oro a una muy buena velada.



















